La catarata continúa siendo una de las principales causas de ceguera reversible en el mundo, afectando a más de 95 millones de personas. Esto representa grandes retos para los sistemas de salud debido a la alta demanda quirúrgica y la mayor probabilidad de aumento de esta patología. Lo que más preocupa, es que existe un alto porcentaje de personas que no han podido tener acceso al procedimiento, y continúan con ceguera bilateral por esta causa. Por lo anterior, las investigaciones también se centran en buscar mecanismos de prevención que contribuyan al retraso en la aparición de la catarata, para brindar mejor atención a los pacientes de manera oportuna.
A pesar de conocer bastante acerca de los determinantes clásicos como el envejecimiento, diabetes, exposición a radiación ultravioleta, uso crónico de esteroides, tabaquismo y estados inflamatorios sistémicos, aún faltan muchos factores por explorar, que, al lado de la catarata, también representan un desafío importante por su frecuencia alta de presentación. En este sentido, en las últimas décadas ha surgido un creciente interés por explorar el papel de diversos fármacos sistémicos como posibles moduladores del riesgo de catarata.
Entre los fármacos de interés, están los antipsicóticos tanto los de primera generación (FGAs, por su sigla en inglés) como los de segunda generación (SGAs, por su sigla en inglés). Esto porque han sido motivo de debate clínico, debido a reportes aislados, mecanismos biológicos plausibles y un número importante de pacientes expuestos de manera crónica a estos medicamentos.
Con este contexto, Lakhani y colaboradores (2025) realizaron un estudio con el fin de determinar si existe una asociación significativa entre el uso de antipsicóticos FGAs y SGAs y la aparición de catarata. Para alcanzar este propósito, el estudio adoptó un diseño observacional, poblacional y basado en farmacovigilancia, empleando datos reales provenientes del FAERS (FDA Adverse Event Reporting System) que es el Sistema de Reporte de Eventos Adversos de la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos (FDA). Adicionalmente, los autores usaron el software especializado OpenVigil 2.1 para depurar, consolidar y analizar los reportes de eventos adversos asociados a antipsicóticos, aplicando algoritmos de limpieza de datos, eliminación de duplicados y estandarización de términos clínicos mediante MedDRA.
Entre los resultados principales, los autores señalaron que la evidencia reunida a partir del análisis de farmacovigilancia en FAERS, tuvo más de doce millones de reportes únicos entre 2003 y 2024. Esta data ofrece información consistente acerca de la relación entre antipsicóticos y catarata. El estudio identificó 34,879 reportes de catarata y 372,107 notificaciones vinculadas al uso de antipsicóticos; de ellos, 434 eventos de catarata siguieron a la exposición a estos fármacos, con un peso mayor para los SGAs, pero con una señal desproporcionada especialmente destacada para dos moléculas: clorpromazina, considerada como un antipsicótico típico y quetiapina considerada como atípico.
Este patrón se replicó en análisis por subgrupos donde se observó que, para clorpromazina, la señal fue más marcada en mujeres y sorprendentemente intensa en adultos jóvenes entre 18–44 años, mientras que con quetiapina se observó incremento tanto en hombres como en mujeres, también con mayor presentación en edades tempranas. Los autores en este caso sugieren que los datos indican que el fenómeno trasciende el envejecimiento del cristalino habitual y apunta a mecanismos farmacológicos o metabólicos que aceleran la opacificación en poblaciones donde la catarata no sería el desenlace esperado por edad.
Con esto, los autores estarían confirmando lo observado en diversos estudios en modelos animales que demostraron que la clorpromazina puede acumularse en tejidos oculares, especialmente en el cristalino, donde actúa como una molécula fotosensible capaz de generar especies reactivas de oxígeno (ROS, por su sigla en inglés) cuando se expone a la luz. Este proceso genera fototoxicidad, alteraciones en las membranas celulares y daño directo sobre las cristalinas, que son las proteínas altamente ordenadas que permiten la transparencia del cristalino. Adicionalmente, se afirma que la clorpromazina interfiere con bombas de transporte iónico, específicamente las que regulan el equilibrio de sodio, potasio y calcio en fibras lenticulares, lo cual altera el balance osmótico y favorece la turbidez de la estructura.
Para el caso de la quetiapina, la evidencia científica no es profusa. Lo que se indica, es que este fármaco puede inducir aumento de peso, resistencia a la insulina, hipertrigliceridemia y otras alteraciones del perfil lipídico, todos ellos factores sistémicos asociados de manera independiente a un mayor riesgo de catarata. Este perfil metabólico crea un microambiente proinflamatorio y prooxidante que afecta tejidos sensibles al estrés oxidativo, como el cristalino. Ante una carga sistémica elevada de ROS o de procesos inflamatorios, las vías antioxidantes internas del cristalino, especialmente Nrf2/Keap1, el sistema de glutatión reducido y enzimas como la superóxido dismutasa, pueden verse superadas por la desregulación metabólica mencionada.
En este caso, el cristalino pierde su capacidad de mantener el funcionamiento correcto de sus proteínas, se producen plegamientos irregulares, agregación de cristalinas y, finalmente, opacificación. Esto cobra mayor coherencia frente a que la observación de que la señal es más fuerte en adultos jóvenes, entonces, es más probable que mecanismos metabólicos y oxidativos acelerados estén desempeñando un papel dominante. Esto fortalece la hipótesis de que, para la quetiapina, el mecanismo podría ser indirecto, pero clínicamente relevante, y que su impacto depende en buena medida del perfil metabólico del paciente.
Con lo anterior los autores concluyen que, la clorpromazina presenta una señal fuerte y coherente con lo reportado en la literatura especialmente las fenotiazinas, mientras que la quetiapina aporta un hallazgo novedoso y clínicamente relevante que debe ser tomado en cuenta en la práctica. Por otra parte, la mayor desproporción en adultos jóvenes sugiere mecanismos de daño no dependientes de la edad, probablemente mediados por estrés oxidativo y disfunción metabólica, lo que requiere el control de factores cardiometabólicos en pacientes bajo tratamiento antipsicótico. Y, aunque la farmacovigilancia no establece causalidad, la consistencia de la señal, su magnitud y su plausibilidad biológica justifican una vigilancia oftalmológica más rigurosa.
Así las cosas, los autores recomiendan que los profesionales de la salud visual deben considerar la historia farmacológica del paciente como parte de la evaluación integral del cristalino, especialmente en individuos jóvenes en quienes la aparición de opacidades no puede explicarse únicamente por el envejecimiento. En pacientes bajo tratamiento crónico con clorpromazina o quetiapina, se recomienda el aumento de la programación de exámenes periódicos del segmento anterior, documentar con biomicroscopía cualquier cambio inicial y orientar al paciente sobre síntomas que ameritan consulta temprana.
Adaptado de:
1. Lakhani M, Kwan ATH, Chaudry E, Popovic M, Xie JS, Rai AS, et al. A real-world population-based study on the association between cataracts and antipsychotics. Canadian Journal of Ophthalmology. el 1 de diciembre de 2025;
