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Toxocariasis ocular: manifestaciones clínicas, fisiopatología y diagnóstico

La toxocariasis ocular (TO) es, principalmente, una zoonosis parasitaria causada por nematodos del género Toxocara, en especial Toxocara canis y Toxocara cati, cuyas larvas migran hacia el interior del ojo. Su relevancia oftalmológica radica en la capacidad de inducir daño tisular severo mediante mecanismos inflamatorios complejos, más que por efecto mecánico directo del parásito. En el ser humano, como hospedero accidental, el ciclo biológico del helminto se interrumpe, lo que condiciona la persistencia larvaria en los tejidos y la instauración de una respuesta inmunológica sostenida que define el núcleo de su fisiopatología. (1)

La TO se manifiesta clínicamente como un trastorno inflamatorio intraocular de presentación predominantemente unilateral. En la mayoría de los casos, la enfermedad se presenta como una uveítis unilateral crónica, frecuentemente acompañada de vitritis, que se caracteriza por opacidades vítreas y condiciona un deterioro progresivo de la agudeza visual. (1)

Uno de los signos más representativos es la formación de granulomas retinianos, los cuales pueden localizarse en el polo posterior, la retina periférica o en relación con la papila. Estas lesiones reflejan la respuesta inflamatoria granulomatosa inducida por la presencia de la larva o por sus antígenos y constituyen un hallazgo clave en la sospecha diagnóstica. En pacientes pediátricos, la enfermedad puede manifestarse como leucocoria, lo que plantea un importante diagnóstico diferencial con entidades graves como el retinoblastoma. (1) Ver Figura 1.

Figura 1. A la Izquierda: Granuloma por toxocara localizado a nivel subfoveal, acompañado de edema macular cistoide (CME). A la derecha: Granuloma por toxocara localizado yuxtapapilar con vitritis marcada asociada.(2)

A medida que la enfermedad progresa o en ausencia de tratamiento oportuno, pueden desarrollarse complicaciones estructurales que comprometen de forma severa la función visual. Entre ellas se encuentran la formación de catarata secundaria, el desprendimiento de retina de tipo traccional, la proliferación de membranas vitreorretinianas y el desarrollo de glaucoma neovascular. Estos hallazgos reflejan no solo la persistencia del agente etiológico, sino también el impacto acumulativo de la inflamación crónica intraocular. (1,2)

Desde el punto de vista epidemiológico, la TO afecta principalmente a la población pediátrica, en particular a niños expuestos a ambientes contaminados con heces de perros o gatos infectados. Este patrón se relaciona con factores conductuales, como el contacto frecuente con suelo contaminado y hábitos como la geofagia, que favorecen la ingesta accidental de huevos embrionados del parásito. En este grupo etario, la enfermedad suele ser unilateral, de diagnóstico tardío y con mayor probabilidad de secuelas visuales permanentes. Aunque la toxocariasis ocular también puede presentarse en adultos, su frecuencia es menor y, en algunos casos, su presentación puede ser más atípica o subclínica, lo que contribuye a su subdiagnóstico. (1)

Ante la necesidad de establecer un diagnóstico acertado y oportuno, Xu, Zhu y Gong (2026) realizaron una revisión sobre el diagnóstico de laboratorio de la TO. En cuanto a las pruebas de diagnóstico patológico, desde una perspectiva clásica, la confirmación definitiva de la enfermedad se sustenta en la visualización de larvas de Toxocara en cortes histológicos o en su detección directa mediante procedimientos quirúrgicos o técnicas de imagen.

Este enfoque, considerado el estándar de oro para el diagnóstico, ha permitido establecer la relación causal entre la migración larvaria y las alteraciones inflamatorias del segmento posterior. Los primeros aportes en este campo demostraron que una proporción significativa de ojos enucleados con diagnóstico inicial de retinoblastoma correspondía, en realidad a infecciones por Toxocara, en las que se evidenciaban larvas de segundo estadio inmersas en un escenario inflamatorio granulomatoso.

En el análisis fisiopatológico, la presencia de la larva en el tejido ocular desencadena una serie de eventos inflamatorios caracterizados por hemorragia, necrosis y formación de granulomas eosinofílicos. Estas estructuras granulomatosas pueden encapsular la larva, la cual puede ser destruida por la respuesta inmunitaria o permanecer viable durante largos periodos, incluso por más de una década. La migración larvaria ocurre principalmente por vía hematógena, permitiendo su acceso al segmento posterior a través de la circulación coroidea, los vasos ciliares o la arteria central de la retina, lo que explica la localización preferencial de las lesiones en estas regiones. (1)

El desarrollo de tecnologías de imagen ha aportado información adicional sobre el comportamiento dinámico de las larvas in vivo, permitiendo, en algunos casos, la observación directa de estructuras compatibles con larvas subretinianas o intravítreas durante procedimientos quirúrgicos. Se han descrito configuraciones características, como estructuras en forma de anillo o patrones de enrollamiento y extensión, que reflejan la motilidad del parásito dentro del espacio subretiniano. No obstante, estos hallazgos dependen de condiciones clínicas y técnicas muy específicas y no siempre pueden observarse. (1)

A pesar de su valor diagnóstico definitivo, el enfoque histopatológico presenta importantes limitaciones que restringen su aplicabilidad en la práctica clínica. En primer lugar, la distribución focal del parásito y su baja carga en el tejido ocular reducen significativamente la probabilidad de detección en muestras de biopsia. En segundo lugar, la obtención de tejido intraocular implica riesgos considerables, tanto desde el punto de vista quirúrgico como funcional, lo que desmotiva su uso con fines puramente diagnósticos. Finalmente, la escasa frecuencia de los casos en los que es posible identificar directamente la larva limita su utilidad como herramienta rutinaria.(1)

En consecuencia, aunque la identificación histopatológica y la visualización directa de la larva continúan siendo criterios confirmatorios definitivos, en la práctica clínica contemporánea su empleo es excepcional. Esta limitación ha impulsado la transición hacia métodos diagnósticos indirectos, particularmente de tipo inmunológico, que permiten inferir la presencia del parásito a partir de la respuesta del huésped, configurando así el paradigma actual en el abordaje diagnóstico de la toxocariasis ocular. (1,3)

Referencias

1.        Xu Q, Zhu H, Gong C. Laboratory tests of ocular toxocariasis: From pathological diagnosis to immunological diagnosis. Survey of Ophthalmology. Elsevier Inc.; 2026. doi:10.1016/j.survophthal.2026.03.014 PubMed PMID: 41887335.

2.        FORMY OČNÍ LARVÁLNÍ TOXOKARÓZY V DĚTSTVÍ. PŘEHLED. 3.         Fonseca C, Silva AM, Freire S, Proença R. Ocular toxocariasis: Atypical clinical course. BMJ Case Rep. 2019 Apr 1;12(4). doi:10.1136/bcr-2018-228717 PubMed PMID: 30948413.